miércoles, 14 de abril de 2010

Vale

Image and video hosting by TinyPic

Publicación para la clase de Guión Audiovisual. UDC. para Wagon-bar





"Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no" Mark Twain





El tren ya había pasado. Mi familia protestaba a menudo por la manía del maquinista de hacer sonar la sirena justo al pasar por detrás de la casa a las siete de la mañana, pero a mi me gustaba. Me gustaba despertarme temprano y el tren era un aliado perfecto para ello.



Permanecía con los ojos cerrados e intentaba averiguar que día hacía. Podía sentir el calor del sol atravesando la claraboya o bien escuchar el golpeteo de las gotas en el cristal, mezclado con los gritos de las gaviotas, anunciando un día de lluvia. Ese día haría sol. Olía a sol.



Nunca fui de despertar rápido. Abrir los ojos y jugar con las formas de la madera del techo, evitando mirar al señor del descansillo, era un ritual diario que se prolongó varios veranos antes de la división de la buhardilla en habitaciones y otros más hasta que ascendí lo suficiente en el escalafón para tener derecho a una. La casa, dormida a esas horas, era un ente vivo que olía a sal, a madera y gente dormida, que, en aquel mes de agosto, la atestábamos en catres y camas improvisadas.



Aquel día me levanté y me vestí como se visten los niños en verano: bañador, camiseta y pantalones cortos. Nunca hacía falta más, siempre que estuvieran medianamente limpios antes de caerme por primera vez, y eso sería pronto.



Bajé las escaleras en silencio, dejando resbalar las manos por la barandilla y calculando cuantos escalones del último tramo podría saltar esta vez. Tal vez sólo tres. Las persianas aún estaban bajadas, y sin luz era más difícil. Me detuve en el descansillo. Estaba oscuro y la puerta de mi abuela permanecía cerrada. De la habitación de la derecha venía el sonido de una respiración: Mamá aún dormía pero Papá ya estaba abajo.



Adelantando las manos, salté cuatro escalones y bajé al sótano. El suelo estaba frío y no me había puesto los zapatos. Él no quería niños descalzos en la cocina, así que me senté en el banco de la entrada a ponerme las odiadas cangrejeras mientras lo observaba a través de la puerta y él fingía no verme.



A Papá le gustaba el silencio por las mañanas, pero también le gustaba desayunar conmigo, así que me limité a ponerme de puntillas a su lado sabiendo que volvería a fingir sorpresa al verme allí y se inclinaría para recibir el beso de nuestro mudo “buenos días”.



Juntos, terminamos de preparar nuestro desayuno. “Hoy va a hacer calor” dije y él, mirándome sin responder, cogió su taza y se dirigió a la puerta que daba al porche trasero. Rápidamente limpié las migas de la mesa y salí al jardín. Papá ya estaba en la puerta.



La playa, a las siete y media de la mañana aún permanecía vacía. La marea estaba baja, pero nosotros simplemente atravesamos los escasos tres metros que nos separaban de la arena y nos sentamos en el muro, dejando colgar las piernas.



No era la primera vez. El ritual exigía silencio y yo me limitaba a imitar a mi padre, a sincronizar el balanceo de mis piernas con las suyas, la cadencia de la cuchara yendo de la taza a la boca y a sonreírle cuando me miraba y a mirar hacia el mar cuando él lo hacía.



El ruido de la taza al posarse en el cemento marcaba el final.



- Eso es un “firrete” 
- No. Eso es una gaviota. Los “firretes” son más pequeños y tienen la cola en forma de abanico. Como ese de allí.
- Vale. ¿Vendrás pronto?
- Al mediodía. Justo a tiempo para la marea alta y bañarnos. ¿Me esperarás?
- Vale. ¿Puedo salir con la bici?
- Sí, pero será mejor que te peines antes de que baje tu madre. ¿Me acompañas al coche?
- Vale. 

Nos levantamos y yo abrí el portalón con cuidado. Papá sacó el coche y lo detuvo mientras yo volvía al muro a por las tazas.

- ¿Me das un beso? 
- Vale.
- No hagas rabiar a los chicos. Nada de peleas. ¿De acuerdo?
- Vale. Y tú pórtate bien en el cole.
- Vale. Respondió mi padre, riendo, al arrancar el coche y antes de atravesar la pista de tierra que nos separaba de la playa, mientras que yo, agitando la mano, calculaba cuanto tiempo tardaría en hacer la cama, despertar a Arturo y escapar antes de que a nadie se le ocurriera mandar que me peinase. Además, Papá era el único que iba al cole en verano y él tampoco se había peinado. ¿Vale?

2 comentarios:

  1. Genial, acabo de vivir una mañana de verano en Cabañas, me encanta! Eh, las 7:30 a.m? Lo de madrugar se pasa con la edad no?

    ResponderEliminar
  2. Tantos años y me acabo de enterar de que te levantabas a horas indecentes.... Me ha gustado compartir tus recuerdos, tan reconocibles y familiares. ¿Será nostalgia?

    ResponderEliminar